Los efectos provocados por la crisis sanitaria del Covid-19, son de magnitudes planetarias. No solo por enrostrarnos nuestra fragilidad como especie humana, sino por mostrarnos que tal fragilidad es extensiva a todo nuestro mundo, con todo lo que ello significa.

Por ejemplo, no podemos disociar la pandemia actual de la crisis ecológica en la que se encuentra el planeta, aunque tampoco podemos demostrar con precisión su influencia.

La crisis tiene también alcances sociales, políticos y económicos, difíciles de ponderar hoy. Tal situación otorga al presente, y al futuro cercano, un carácter eminentemente incierto, siendo aquella nuestra condición cognitiva. Junto con la incertidumbre cognitiva del presente y futuro, tenemos un estado emocional caracterizado por el temor y la angustia, aunque no son las únicas emociones en juego. En tal marco, el de incertidumbre, temor y angustia, las intervenciones sociales y políticas sobre el presente adquieren centralidad, junto a las intervenciones médicas y científicas.

La apelación del gobierno chileno a una “nueva normalidad”, durante el mes de abril, como elaboración hermenéutica y afectiva frente al escenario de incertidumbre y temor, que conjugaba una salida a las crisis sanitarias y económicas, fue un despropósito.

Las prioridades de reactivar la economía en la única lógica que conoce el gobierno, la neoliberal, fue a costa de poner en riesgo la vida de la población más vulnerable. Las consecuencias de la mala decisión del gobierno recién comienzan a verse en sus reales magnitudes.

Mirada desde la distancia de su implementación, un error del constructo “nueva normalidad” fue su reducción a una coyuntura particular, omitiendo su historicidad. ¿Podía la nueva normalidad suprimir la anterior normalidad?, ¿Cuál era la normalidad anterior? La situación chilena- a diferencia de otros contextos nacionales-, no puede invisibilizar ni ocultar sus vínculos con lo sucedido en el país desde el 18 de octubre 2019.

La nueva normalidad nacional, que claramente no es la del gobierno, siempre estuvo vinculada a lo acontecido en el verano pasado, al menos de dos formas. Primero, como una continuidad en la denuncia contra la producción estructural e institucional de la desigualdad y la injusticia. Por ello, al mismo tiempo que el costo de la crisis económica fuese trasladado a los y las trabajadores, se escucharon voces críticas a la ausencia de una política de seguridad social. Tal continuidad se relaciona con un tipo de ciudadanía más crítica y atenta a las decisiones políticas, el respeto de sus derechos, junto con una mayor demanda de seguridad, como lo dejan ver las recientes protestas contra el hambre.

Es, al mismo tiempo, una continuidad de un tipo de solidaridad basada en el lazo social, en el trabajo comunitario, en el vínculo colectivo entre ciudadanos en espacios locales y territoriales. Todas las respuestas a las carencias socioeconómicas producidas por las decisiones políticas, han sido enfrentadas con el llamado a la cooperación, la colaboración y el apoyo mutuo. “Sólo el pueblo ayuda al pueblo” se escucha en los territorios, o se lee en los muros de las poblaciones y en las redes sociales. La nueva normalidad es la de una ciudadanía más crítica y solidaria, y eso no lo han entendido ni los medios oficiales ni el gobierno.

Dos consecuencias se dejan ver de los procesos gatillados por los acontecimientos recientes en el país- la revuelta social y la pandemia-. Lo primero, es la necesidad de contar con un Estado social más fuerte, en base a la seguridad social y los derechos. En el cual, la salud y la educación orientadas a lo público son una inversión al futuro y no un costo. La segunda, que la conformación y consolidación de la sociedad civil- como un espacio autónomo orientado a la producción de solidaridad social- es fundamental para enfrentar el incierto porvenir.

En la relación de ambos procesos, es mi apuesta, se juega gran parte de la producción de certeza al desafío del futuro. La pregunta que nos queda es, ¿cómo aportarán nuestras ciencias sociales en la producción de un sentido de futuro menos incierto?

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Por Editor

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